El gaucho, habitante del campo

gaucho uruguayo

Uruguay

Se lo conoce como cowboy en Norteamérica, como llanero en Venezuela y como gaucho en la pampa argentina y en el Uruguay. Es, simplemente, el habitante típico de las zonas rurales en el continente americano. En Uruguay, el gaucho es figura importante del folclore nacional ya que simboliza la libertad y la individualidad. Las representaciones poéticas del gaucho lo describen como el ideal de valentía e independencia. Pero más allá de cóo lo presenten la música, la literatura, y la pintura, este personaje constituye un símbolo importante dentro de la cultura uruguaya.

Si nos acercamos a la realidad, el gaucho es el hmobre de campo que trabaja principalmente arreando ganado. En su imagen estereotípica, siempre está acompañado de un caballo que, además de servirle de transporte, es una de las pocas posesiones materiales que se asocian con el modo de vida gauchesco. En la actualidad, el caballo sique siendo una pieza fundamental de las activdades que el gaucho realiza en el campo. Tradicionalmente, el gaucho contaba también entre sus posesiones con el facón y las boleadoras, que le servían como arma y como herramienta de trabajo. El facón es un cuchillo largo que los gauchos llevan en la espalda, colgando del cinturón, para múltiples usos, ya sea para defensa personal, para comer, o para cuerear las vacas. Hoy en día siguen usándolo, principlamente, a la hora de trabajar. Las boleadoras son dos piedras redondeadas unidas por una cuerda hecha con cuero trenzado.

Una hendidura que recorre el exterior de las piedras permite atar la cuerda de forma que las piedras estén bien aseguradas y no se escapen. Los gauchos las utilizaban para atrapar al ganado cimarrón o salvaje y para cazar ñandúes. Actualmente las boleadoras ya no se usan porque el ganado es doméstico con lo cual este instrumento resulta innecesario.

El gaucho sigue siendo fácilmente distinguible por sus vestimentas. Usa bombachas o chiripá(un pantalón de pierna ancha ajustado a la cintura con una
faja o cinto) que puede ser de tela o cuero con decoraciones en plata u otros metales. El atuendo se complementa con una camisa y pañuelo al cuello. Lleva también un sombrero de ala ancha sujetado al mentón con una cinta que le permite cabalgar sin temor a perderlo. El abrigo tradicional es el poncho, que resulta ideal para mantener el calor en las madrugadas frías en las que sale a cabalgar . En los pies usa botas de cuero, también pensadas para las cabalgatas, ya que debe proteger los pies y piernas del continuo roce con los estribos. Cuando no está encima de su caballo, el gaucho puede verse usando alpargatas, un tipo de calzado llegado de Europa.

En Montevideo, un museo rinde homenaje a la figura del gaucho. Allí se pueden apreciar representaciones tradicionales de este personaje durante sus horas de ocio, ya sea jugando a la taba (un juego típico del campo), tomando mate, o fumando un cigarro armado por él mismo. En tacuarembó, uno de los departamentos norteñós del país se conmemoran las costumbres gauchesas con la Fiesta de la Patria Gaucha en el mes de febrero o de marzo. Durante su celebración, a la que muchos de sus asistentes concurren a caballo, se realizan activadades tradicionalmente asociadas con las tareas del campo. Está presente la música folclórica con sus guitarras, así como el asado con cuero, y varias pruebas de destereza como las jineteadas, las domas y las cabalgatas. Este tipo de fiestas contribuye a fomentar la identidad nacional uruguaya, dentro de la que el gaucho conserva, aún hoy, un lugar destacado.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

La pollera panameña

Pollera panameña

Panamá

La pollera es a Panamá, lo que el mojito es a Cuba, el tango a la Argentina, o el carnaval a Brasil: un orgullo, un símbolo de nacionalidad, identidad y pertenencia. Entre las vestimentas y trajes típicos del mundo, la pollera panameña sobresale como uno de los más espetaculares y distinguidos. La mujer que la lleva derrocha gracia en sus movimientos, elegancia en su andar y atrae las miradas de todo aquel con quien se topa en su camino.

Si bien hay variaciones en todas las regiones del país, existen principalmente dos tipos de pollera: la pollera montuna, que es la de vestir de diario o de trabajo; y la pollera de encajes o de gala, que es la que se usa para festejos o motivos importantes y que es una versión más elaborada de este vestido nacional. Acompañando a la pollera y, según el caso, las mujeres completan la vistimenta con diferentes accesorios.

La pollera montuna, ancha y confeccionada con tela calicó (de algodón), suele usarse con basquiñas o chambras: ambas con blusas, pegada al cuerpo la primera, y más suelta la segunda, que pueden ser blancas o de color.

Este conjunto puede terminarse con el cabello con trenzas y flores naturales, con un sombrero de paja o con peinetas doradas y algunos tembleques (flores hechas a mano que pueden ser de diferentes materiales, desde un fino alambre enroscado hasta escamas de pescado y seda).

La pollera de encajes, la más lujosa y delicada, ancha y con dos o tres divisiones, está muy decorada con lanas y cintas. Se usa con una blusa amplia de lino y también está confeccionada con bordados y encajes. Para vestir sus cabellos, las mujeres lucen este traje con peinetas importantes que pueden ser de oro y tembleques (generalmente blancos), en el resto de la cabeza.

Este vestido de gala se adorna con gran cantidad de joyas: cadenas, aros, pulseras, anillos y hebillas son solo algunas de ellas, que pueden ser de oro, perlas o piedras preciosas. Los zapatos se llaman chapines y pueden ser de satén o terciopelo, en general, muy planos y con una hebilla de oro, encajes y cintas.

Históricamente no hay muchos archivos, ni detalles exactos que revelen el origen de la pollera panameña, aunque algunos reconocen sus raíces en España.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

Los españoles

Francisco Ugarte

No son pocas las diferencias entre una región y otra de España, a consecuencia de la variedad de pueblos que forman parte de sus orígenes . Por eso resulta difícil plantear un estereotipo del pueblo español. Un campesino andaluz tiene costumbres muy distintas a las de un campesino gallego, por ejemplo. Sin embargo, algunas particularidades del español, por ser más marcadas, forman parte de sus características típicas.

El español es individualista, casi anarquista. Es también expresivo: expresa sus sentimientos y opiniones de forma pasional y espontánea. No es hipócrita. No se calla cuando no está de acuerdo. Es al mismo tiempo contradictorio: duro y humano; resignado y rebelde; emotivo y práctico.

Respecto a su vida diaria, se dice que el español aprecia cosas sencillas como la conversación entre amigos, sentarse al aire libre en la terraza de un café y ver pasar a la gente.

De un modo general, el español tiene un concepto muy elevado de la dignidad personal y un patriotismo racional, pues reconoce públicamente los defectos y debilidades de su patria. Tiene, además, un sentido filosófico muy acentuado. Cuentan de una extranjera que buscaba un edificio en Madrid y, al pedir información, un madrileño le explicó cómo llegar, pero le advirtió: “Y si usted no encuentra ese sitio que busca, no pasa nada”: no se deben tomar en serio las pequeñas contrariedades de la vida.

En Nuevo Expansión. Henrique Romanos y Jacira Paes. São Paulo: FTD, 2010, p. 26-27.

Los alebrijes, artesanía mejicana

México

En mi último viaje a México, volví a entusiasmarme y a querer traerme la valija llena de alebrijes. ¡Es que son tan lindos y tan coloridos que parecen salidos de un cuento fantástico! Los alebrijes son artesanías características de México, especialmente de Oaxaca aunque pueden encontrarse en casi todo el país. Los hay de madera, de cartón y de papel marché.

Son figuras de animales o criaturas fantásticas. En general suelen mesclarse dos o más animales, aunque también existen ejemplares de las clásicas tortugas, mariposas, escorpiones y sapos. Parecen elaborados por manos mágicas, con colores muy vivos y llamativos y formas que impactan por la perfección de su manufactura.

Existen varias leyendas que se disputan su invención y origen. Algunos dicen que son demonios que salen de los árboles, de las cuevas, ríos y nubes. Otros sostienen que derivan de las máscaras de animales características de Oaxaca. Pero la leyenda que tiene más adeptos los relaciona con Pedro Linares, un hombre de la ciudad de México, que a los 30 años enfermó de una extraña afección que lo dejó inconsciente en la cama durante varios días.

En su agonía soñaba con un bosque extraño donde había animales desconocidos y fantásticos: burros con alas de mariposa, gallos con cuernos de toro, leones con cabezas de águila y perros con patas de araña, entre otros. Un ruido ensordecedor gritaba el nombre de “alebrijes” y él en su esfuerzo por salir de aquella pesadilla despertó de la enfermedad. Cuando se repuso totalmente y recordó su sueño, quiso que su familia y todas las personas conocieran a estos animales que lo habían salvado. Valiéndose de sus habilidades como cartonero, moldeó esas extrañas criaturas que tanto admiraba.

Hoy en día, los alebrijes no solo forman parte de la cultura popular mexicana sino también del arte contemporáneo con reconocimiento internacional.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

Pescando con “caballos”

Perú

A 450 kilómetros al norte de Lima, en el departamento de La Libertad, se encuentra una famosa caleta llamada Huanchaco donde los pescadores del lugar siguen la costumbre de sus antepasados al salir al mar en unos rústicos botes hechos de caña llamados “caballitos de totora”. Esta frágil balsilla a simple vista pero resistente a la furia marina es la herencia de la cultura mochica, que habitó esta zona costera del Perú hace más de 1.200 años. Desde esa fecha, los humildes pescadores de este lugar se ganan la vida sacando los frutos del mar de esta forma.

Este medio de transporte ya aparecía grabado en las cerámicas pre-incas. Se les llamaba tup en lengua mochica, pero cuando llegaron los colonizadores españoles a este reino fueron rebautizados como “caballitos”, por la forma en que los indígenas se montaban en ellos para salir al mar. Los caballitos miden entre tres y cuatro metros de largo por metro o metro y medio de ancho, y son de forma alargada. La materia prima para hacer esta pequeña embarcación es la caña de totora que crece cerca de esta caleta de pescadores. Una vez que la totora ha alcanzado su máximo desarrollo es cortada desde su base para luego ponerla a secar en la arena de la playa.

De allí, manos expertas prensan los carrizos tejiendo una popa ancha hasta finalizar con una fina proa arqueada en punta. Este ritual de construcción continúa llevándose a cabo desde hace siglos.

Muy de madrugada, como caballeros en sus corceles los huanchaqueros o pescadores salen en busca del jurel, chita o corvina. Observar a los pescadores navegando hábilmente en sus míticos caballitos es un espetáculo turístico.

Los curtidos hombres regresan del mar antes del mediodía con sus canastillas repletas de pescados cuando la pesca es buena. Luego, las embarcaciones son puestas de pie en la arena como vigilantes mirando hacia el mar.

Lamentablemente esta actividad parece extinguirse por el escaso interés de las nuevas generaciones. Muchos de los hijos de los huachaqueros viajan a Lima a buscar un futuro mejor. El desaliento también tiene que ver con la poca pesca debido a la actual presencia de barcos arrastreros que arrasan con todos los peces que encuentran a su paso. La dificultad por encontrar los totorales hoy día por la acelerada urbanización de Huanchaco también está actuando en contra para que, en un futuro próximo, esta milenaria actividad pesquera pueda quedar solo en recuerdo.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.